El mundo de una princesa

El mundo era tan grande a sus ojos que algunos se asustarían de eso. Pero a ella le fascinaba, a donde quiera que miraba se encontraba con una sonrisa. La princesa había nacido y no sabía el valor que tenía para su familia. Pasaba sus días de nacida con su padre, él la cargaba en sus brazos y la hacía volar para volver a sus brazos de nuevo. Ella reía sin dientes aún, ver la sonrisa de su padre y sentirse segura en sus brazos, era suficiente para llenar su mundo de felicidad.
Ella no sabía que su padre lloraba hasta quedarse dormido a solas, no sabía que su madre había dado la vida para que ella pudiera vivir. Después de todo, qué entendería una recien nacida.
Aunque el tiempo pasó, el padre, nunca dejó que su hija se preocupara por problemas. Ella volvía a casa y contaba todo su día a su padre, bueno o malo, él siempre la escuchaba.
Cuando veía que era algo simple le enseñaba a solucionarlo por ella misma, y cuando no, decía:"yo me encargo".
La princesa nunca sintió tristeza por su madre, sabía que su vida era un regalo. Un regalo que su madre le otorgó y por eso debía vivirla de la mejor forma.

A veces olvidamos que nuestra propia vida es un regalo y que a pesar de estar llena de problemas, siempre tendremos a un padre a quien recurrir para escucharnos y sentirnos seguros.

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