¿Cuánto amor puedo dar? ¿Cuánto amor puedo soportar?

 Es fácil sentirse atraído por alguien, no tienes que pensar en si tienes o no futuro con esa persona, tampoco en si la convivencia será difícil o fácil, fijarse en las manías y costumbres de dicha persona en su rutina diaria, metas, sueños, compatibilidad de caracteres (como decía Sabina) o cualquier otra de esas cosas que pueden romper la frágil ilusión.

Gustar de alguien es tan fácil, frágil y pasajero que no causa dolor. Es mucho más llevadero vivir de gusto en gusto y de placer en placer, sin apegos o compromisos emocionales. Siempre abierto a nuevas experiencias de distintos colores y sabores, ya lo he vivido. Me bastó tan corto periodo de prueba para saber que al final solo creas un vacío constante. 

Ese cuarto tan empolvado de mi casa, al que cerré con llave hace años atrás, estaba tan desordenado que era más fácil atender a los invitados en el patio de la entrada y no tener que ordenar aquel cuarto para alguien nuevo. El último huésped un día se fue con apenas lo que llevaba puesto y dejó atrás todas sus pertenencias. La sensación de un gusto correspondido es el sabor más dulce, ver nacer un amor para luego morir es el sabor más amargo que puedas probar.

Amores fáciles, de unos cuantos paseos por el parque, de unas copas en la noche, de una semana, de amores baratos ya tuve suficiente. No hace falta tener muchos para darse cuenta que, pasado un tiempo, deseas volver a abrir ese cuarto y empezar a limpiar ese desastre que alguien dejó. Recoges los recuerdos: fotografías, regalos, sonrisas bellas y un par de pedazos de tu corazón roto. Limpias el polvo de los muebles, cambias las sábanas y aspiras el colchón, lo dejas limpio y acogedor para que alguien se anime a quedarse un día. Pero tal como las redes sociales, el algoritmo de la vida te ha fijado en el nicho de los amores baratos, donde las conexiones son para nada especiales y todos te ven igual a los demás, solo quieren el patio.

No me arrepiento de nada, para mí, fue necesario estar en el barrio de los amores baratos, me di cuenta que no deseaba para nada estar allí. Que mi amor, mi cariño, mi compañía merecían alguien que los valorara y anhelara por un tiempo más prologando, alguien que mirara más allá del patio, alguien que quisiera mudarse con todo a ese cuarto que había preparado.

Y llegó, en el camino me encontré con, al parecer, un joven cansado del mismo barrio y nos hicimos compañía. Sin darme cuenta él ya había llegado al cuarto que tanto había preparado. Pero nunca vi que él dejara alguna pertenencia suya. Tan solo una orquídea, un par de almohadas y una pulsera con cascabel.

Debo decir que he disfrutado tanto de su compañía, que he llegado amarlo. 

Debo decir que él ha intentado irse un par de veces de mi lado y por cuenta propia regresó.

Debo decir que la última vez me lastimó y no pude procesarlo hasta hoy. Mi corazón empieza a querer despedirse de él. 

Me encantaría hablarlo con él, explicarle que él es el único que puede convencer a mi corazón de quedarse. Basta con escucharlo decir que me ama, que quiere quedarse en aquel cuarto y me haría tan feliz. Pero él solo quiere disfrutar de ese cuarto cuando desee sin necesidad de quedarse. 

¿Deberíamos de hablar? Creo que sí, pero me ha hecho bien escribir, siempre me encuentro conmigo mientras las palabras se forman. ¿Crees que el pueda entender estas ideas tan mías? O tal vez sea otro amor que quiera irse. 

Mi corazón está tan aturdido, quiero un abrazo que despeje todas esas dudas, uno muy largo en el que pueda por fin respirar y ver todo claro.

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